Los estilos de vida no permanecen inalterables, ni son ajenos a nuestras elecciones personales o a la transformación del entorno, es decir, se pueden modificar a través de nuestros hábitos. Los hábitos son esas acciones que, a base de repetirlas, se convierten en nuestra forma de hacer las cosas. El objetivo de la sociedad, por tanto, ha de ser fomentar la práctica de comportamientos saludables desde la infancia, aumentando la probabilidad de que se mantengan a lo largo de toda nuestra vida; y ahí el papel de la familia es fundamental. Entre nuestras funciones como padres o tutores estará la de procurarles un entorno saludable donde desarrollar hábitos y comportamientos que les permitan desarrollarse de la manera más satisfactoria posible. Pero promover dichos hábitos no es tarea fácil.

La familia es el ámbito o “contexto” donde los hijos adquieren la mayoría de los comportamientos que les acompañarán a lo largo de su vida. En la infancia su experiencia y relación con otros contextos es muy limitada, y por tanto sus resistencias a comportarse de manera adecuada también. Los hábitos saludables, como cualquier otro hábito, se aprenden pero es necesario que se den al menos tres condiciones:

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